In vino veritas

Me gusta el vino, su perfume a verdad al llegar el ocaso, esa marea de buenos sentimientos con que se atraganta el desagüe, mi desagüe.

Miradas atónitas, miles de hormigas hundiéndose dentro de este caldo de habas.

-Los viñédos sesionan cada viernes; el infeliz campesino atrofiará sus verdes tallos, subastará su delicada esencia, suplantándole con el humo de algún osado cigarrillo.

Me gusta el vino y su verdad a secas, ese pútrido estado añejo, su limpia savia, sus rojos ojos, la suave forma de decirlo todo, en espera de la nada.

-Es tiempo de robarle sus semillas y plantar incertidumbre ¿y si el gallo canta? que cante, ya vendrá a pedirnos de comer, y será entonces que asaltaremos el viñedo.

Me gusta el vino y su compañía, ese frágil silencio que nace de cada espacio en la habitación, en espera de romperse gracias a la actitud corrosiva del exceso.

-¡Hurtémosle en la hora nona!

Me gusta el vino, la salvaje melancolía que da vid a nuestros miedos e imperfecciones, a los demonios y viudas que hemos dejado en el camino, a los fantasmas atroces que alimentan nuestro diario vaivén.

-Corten su dedo, los manantiales de Baco deben seguir incólumes.

Me gusta el vino y su color  marchito, las sutiles notas al paladar, esa tétrica vista,

de otra forma de ser más auténtico, de otra forma de ser, yo.

-     …

Me gusta el vino, su albor nocturno, sus esferas guturales, los despojos del ayer, esos grandes descalabros, esos grandes chichones.

-Cierra la puerta.

-Me gusta el vino rojo, acompañado de un excelente cubanillo, para cuando veo esta clase de escenas en el teatro.

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